Jufra Chile experiencia a la tirana

Jufra Chile experiencia a la tirana

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Una de las fiestas religiosas más importantes de nuestro país es la celebración de la Virgen del Carmen en la localidad de La Tirana. Es una fiesta que, según sus protagonistas, ha venido evolucionando en su popularidad e integración a la liturgia de la Iglesia, especialmente en la Eucaristía. Para quienes somos foráneos y visitantes de esta tradición religiosa, nos parece una increíble y admirable integración de las tradiciones del altiplano del norte de Chile (y de tradiciones antiguas del Perú y Bolivia) a las tradiciones religiosas de la Iglesia Católica, especialmente la celebración de la Eucaristía y la devoción a la Santísima Virgen María, en la advocación del Carmen.
No estamos para repetir la hermosa leyenda de la Ñusta Huillac y el portugués Vasco de Almeida, solo queremos dejar un pequeño registro de una intensa experiencia que comienza en Santiago y termina en la Pampa del Tamarugal, con un pueblo atiborrado de gente, y que increíblemente, a pesar de sus disonantes, se reúne principalmente para celebrar su fe, dar gracias y pedir protección al Dios bueno, a través de una fuerte y confiable mediadora: La Madre de Dios.
Desde Santiago partimos dos jóvenes de Jufra (Jorge Bustos -Angol- y Freddy Urquiola -Talca-) y yo, el fraile asistente de Jufra Chile por este periodo, el día 9 de julio por la mañana. Nos embarcamos en una travesía haciendo dedo en la carretera, esperando tener suerte, ya que iba vestido con el sayal religioso o hábito. Sin embargo, no fue nada de fácil, muchos de los que se detuvieron para llevarnos un tramo del camino nos decían que no se habían dado cuenta de que era un religioso, sino hasta subir al vehículo, cuando saludábamos a los buenos samaritanos.
La experiencia en la carretera fue intensa. se transformó, sin querer, en el primer espacio de misión. Ninguna de las personas que nos tomó en el camino fue grosera. Solo después de un buen rato se comenzaba a conversar en serio. Era imposible que no saliera a la palestra la crisis de nuestra Iglesia chilena, y ninguno se paró al margen de la crisis. Cada uno, desde sus trincheras (Testigos de Jehová, Evangélicos, Católicos -a su manera- y Ateos), se sentía dolido y sufría.
A partir de estas conversaciones se profundizaba en la vida personal y cada cual, respetuosamente, sabía que se adentraba en la tierra sagrada de su prójimo. Así, con tan intensas y profundas conversaciones, fuimos aprendiendo el arte del Encuentro. Encuentro que fue transformando la relación de extraños en conocidos y amigos; encuentro que incluso llevó a muchos choferes a sentirse responsables de nuestra seguridad e integridad en la deriva del camino.
Gracias a toda la experiencia anterior de camino a La Tirana pudimos entrar, de una manera sensible y con los ojos abiertos, a una fiesta intensa de la fe. Quedaron en nuestras retinas todos los movimientos y signos que se palpan en el tiempo de la fiesta en pampa nortina. Por decir algunos, la presentación de los bailes en su llegada a la Cruz del Calvario; su tránsito hacia el Templo; la importancia de que sus vestidos e imágenes sean llevados con toda honra; su entrada al Templo y el saludo a la Madre de Dios; el sacrificio de estar en pie y bailar sin muchas interrupciones; el llanto agradecido en las procesiones; los detalles de muchas familias al momento del paso de la imagen de la Chinita, como le llaman, frente a sus casas (globos, serpentinas de todo tipo); los fuertes signos litúrgicos y la incorporación de los fieles de modo más activo en la liturgia eucarística (incienso usado por bailarinas Cuyacas, el anciano del pueblo, la mujer, entre otros signos que son plausibles); las cintas que emulan la extensión del manto de la Virgen y que llega a todos los fieles en la explanada (como signo de comunión y de amparo). En fin, podríamos hacer un escrito solo enumerando todos los detalles de esta hermosa fiesta.
Sin embargo, una de las razones que facilitó que nuestra experiencia fuera aún más intensa es que no fuimos considerados una visita, eramos parte de un grupo de misioneros, donde muchos de ellos son de Jufra Iquique, y laicos que participan de la Parroquia San Antonio de Iquique. La diócesis de Iquique encarga a los “franciscanos” la misión a los bailes y a las familias que llegan cada año a la fiesta, de manera de poder recibirles y animarles. Fue así como tuvimos la gracia de conocer desde el interior humano la fiesta de La Tirana. No todo eran colores y bombos. Había detrás una dedicación sacrificada y larga para llegar de la mejor manera posible a la fiesta. Había inmensas preocupaciones y esperanzas, acción de gracias y penas, las cuales daban aún más sentido el peregrinar para saludar a la Madre de Dios.
Se nos dio la oportunidad de palpar la calidez humana de la fiesta de La Tirana, además de sorprendernos con los colores y signos de una tradición religiosa del pueblo y de la tierra (Pachamama). Por ello, queremos dar gracias a todos aquellos que hicieron posible esta experiencia: a la fraternidad de Jufra TAMAFRA, de Iquique; a los hermanos del convento franciscano de Iquique, a los hermanos y hermanas de las fraternidades Jufra Talca y Angol; a los hermanos de la fraternidad del convento de Chillán; a quienes fueron buenos samaritanos en el camino (choferes, hermanos que nos recibieron y estaban preocupados por nuestro viaje, especialmente a los hermanos de Antofagasta y Recoleta).
Gracias por tanto… Paz y Bien.
Hno. Felipe Márquez, ofm

Himno Jufra Chile

Preparando el Corazón